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Jueves, 23 de Noviembre de 2017
Entrevistas
“La heroína neutralizó a una generación entera en los 80; todo el mundo se igualó en la casa del camello”
6-10-2015
“La heroína neutralizó a una generación entera en los 80; todo el mundo se igualó en la casa del camello”
Montero Glez, escritor y autor de "Talco y bronce"

Roberto Montero González (Madrid, 1965) es un tipo afable que te abofetea con su prosa y que, a poco que le dejes hablar, te organiza una rebelión. Así sucedió en la presentación madrileña de “Talco y bronce”, donde apenas se comentó la novela porque él estaba allí «para despertar la conciencia crítica de la audiencia». Refugiado gustosamente en Cádiz desde hace 20 años, este tetuanero que aprendió a leer en los tebeos que su padre le compraba a la salida de El Racimo de Oro, firma una historia negra de amor y venganza salvajes en los duros 80, donde los atracos se suceden y la policía reclama parte del botín.

T30d: Viene a presentar su última novela y casi no habla de ella. Qué pensaría su admirado Umbral…
MG:
No hay nada más absurdo que un autor hablando de su libro. Un libro se explica solo, el sujeto es la propia obra, y la vanidad es el orgullo de los vulgares. No quiero decir que Umbral fuera vulgar, pero sí que yo lo soy menos, porque no me gusta hablar de mis libros.

T30d: “Talco y bronce” transcurre en los Años 80. ¿Cómo le marcó aquella década?
MG:
Coincidió con mi adolescencia, y tengo señalado aquel 82, con la llegada de los Rolling Stones, los Mundiales… lo viví muy de cerca en Madrid, en este barrio. Había un aire de libertad, pero estaba lleno de trampas. Una ilusión de libertad más bien, porque la verdadera no la encontré hasta que bajé al Sur. En las ciudades la libertad es una ilusión, porque son sitios hostiles.

T30d: La llegada del 15M le abre los ojos para escribir esta novela…
MG:
Cierto. El movimiento asambleario ha sido lo más estimulante que he vivido en los últimos años. Sé que en Tetuán se reúnen en una plaza donde antiguamente estaba la tienda de recambios Ochaíta, que yo cruzaba para ir al colegio [estudió en el Liceo Sorolla]. Allí, a finales de los 70, vi el primer grafiti, contra la mili: un hombre en retroceso antropológico hasta el mono. Yo tenía 14-15 años y aquello me condicionó, moldeó mi conciencia. No hice el servicio militar, y tampoco la prestación social, porque mi tiempo no se lo daba a ningún rollo de ésos. Ni doy órdenes ni las recibo, ese tipo de vida es peligroso y no me gusta.

T30d: También hace un homenaje al cine quinqui. ¿Por qué esa recuperación de un género olvidado hasta hace unos años?
MG:
A mí me gustan las películas de De la Loma y Eloy de la Iglesia, de éste sobre todo, porque dio un significado político a la condición social del lumpen. Pero antes era simplemente cine de macarras, de persecuciones… nadie le prestaba atención, hasta que hace unos años se monta una exposición que repasa toda esa corriente. Entonces me doy cuenta del valor que tienen y, aunque había visto muchas, las veo todas, y la mejor, “Deprisa, deprisa”, de Carlos Saura, una de las mejores cintas del cine español. Yo tenía todas estas referencias y quise hacer ficción en una novela, contar una historia –una mentira– para revelar una verdad.

T30d: Algún crítico dice que es su mejor novela. ¿Está de acuerdo?
MG:
No creo. Siempre estoy poco satisfecho con lo que escribo, pero mi mejor historia se llama “Pistola y cuchillo”, y no creo que pueda superarla. Ahí es donde dejé más de mí… y apenas ha tenido repercusión. Pero si acaso se me recuerda dentro de muchos años, será por ésa.

T30d: ¿Piensa en la posteridad cuando escribe?
MG:
No, no, en absoluto. Pienso en el día a día, trascender me da igual. Digo si alguna novela mía perdura, pero sólo si eso llega a suceder, que no sé ni me importa.

T30d: El talco (heroína) y el bronce vertebraron aquella época. ¿Qué relación tuvo con ambos?
MG:
Todos mis amigos de esa época están muertos, todos, por la heroína, que vino a terminar de neutralizar a aquella generación. No respetó clases, todo el mundo se igualó en casa del camello. A mí no me cogió porque yo era aprensivo con las agujas, y también porque prefería irme a la Dehesa de la Villa a leer a Hammett y a Chandler.


En cambio, sí me gusta la jerga de la gente del bronce, el vocabulario subterráneo y su código interno. Soy un cazador de palabras y me fascina el lenguaje de la germanía.

T30d: La novela se ha llevado el VIII Premio Logroño. ¿Es la autoridad literaria la excepción a su libertarismo?
MG:
En absoluto. No me gustan los premios, porque tampoco me gustan los castigos. En una sociedad justa no existirían, pero en la que padecemos los premios literarios son la única posibilidad de sacar algo de dinero. Me presento por la bolsa, pero no los acato. No respeto ningún tipo de autoridad, y en cuanto a la del jurado literario, no me lo planteo como un sometimiento, sino que ellos son quienes se someten a mi obra de lo jodidamente buena que es.

T30d: Ya apenas participa en las redes sociales. ¿Le quita de escribir?
MG:
Ahora sólo contesto una vez por semana. No porque no me deje escribir, sino por los mensajes personales. Antes me llegaban 800 semanales y todos pidiendo lo mismo: que leyera sus manuscritos. Y ni soy editor ni puedo ayudarles. Da igual, quieren saber mi opinión. Pero si te tiene que dar igual lo que yo piense de tu obra. Pues nada. Todos los días lo mismo.

Montero Glez no da trabajo ni quiere que se lo den, más allá de apuñalar cuartillas por las playas gaditanas. «Antes que marxista soy de su yerno Lafargue, el del derecho a la pereza», advierte. Vive «atrapado en su ficción», como dijo García Ferreras, y a nosotros nos basta con que escriba y, de vez en cuando, suba a su antiguo barrio y que nos lo cuente.

 

David Álvarez de la Morena

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