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Jueves, 29 de Junio de 2017
Reportajes
Fernando García, un nonagenario ejemplar
6-07-2016
Fernando García, un nonagenario ejemplar
Suma 40 años de compromiso y lucha vecinal

En el salón de su casa, Fernando García enciende el portátil y accede a su buzón de Yahoo. Quiere enseñar al periodista la imagen de un notable mural, pintado por su hijo para la hostelería. Protesta si la conexión se demora, y explica que no acaba de apañarse con el nuevo Windows. Fernando García cumplirá 93 años en octubre. Ha sido durante cuatro décadas el presidente de la Asociación de Vecinos Cuatro Caminos-Tetuán, lo que equivale a decir uno de los tetuaneros más comprometidos con su barrio. También uno de los más queridos.


No llegó al movimiento vecinal hasta los 52. Fue en plena Transición cuando “el Partido” –Fernando es comunista a carta cabal– le sugirió que cambiase el obrerismo por los barrios. Era buen matricero, pero estaba señalado: “Me habían echado ya de cuatro empresas, entre ellas la Standard Eléctrica, por subversivo”. Así llegó a la Asociación de Vecinos de Tetuán, un nido de “izquierdosos” dirigido por la Liga Comunista Revolucionaria, y de la que Natalia Calamay y él salieron pitando: “Pensamos que el radicalismo ahuyentaría a los vecinos en lugar de atraerlos, así que montamos una promotora nueva, con Nicolás Sartorius [marido de Calamay], Aurora Bautista y otros intelectuales del barrio, como Carlos Paris, y fundamos otra asociación”. Era mayo de 1976.


Desde entonces, y hasta el fin de su presidencia, el “comunista” García lo ha tenido claro: “Hemos sido demócratas apartidistas, pero no apolíticos. La actuación tenía que ser progresista, pero nunca se preguntó a nadie a quién votaba. Aquí se dejaba el carné en la puerta, y uno se hacía socio como vecino”.

Infancia y sacrificios

Nació en 1923, en una calle que ya no existe –José Caballero Palacios, absorbida en la ampliación de Sor Ángela de la Cruz– y de la que recuerda, con 4 o 5 años, ver pasar a los monosabios camino de la Plaza de Toros. Estudió en el Grupo Escolar Giner de los Ríos, en Francos Rodríguez, al que dejó de ir cuando empezaron a sobrevolar los primeros aviones de la Guerra Civil. Se trasladó entonces a Buñol y regresó al barrio ocho meses antes de que acabase la contienda. 


Fernando es consciente de que su compromiso ha supuesto un “sacrificio” para su familia. “No la he atendido bien”, explica, y recuerda aquella casa en Ávila, alquilada un año y a la que sólo fue una vez; o, cuando las arengas a obreros, le vino a buscar la Policía a su domicilio. “Estuvieron esperándome, pero yo había saltado a un patio y allí aguardé varias horas, hasta que se cansaron y se fueron”. 


Genio y figura, se muestra indulgente, pero no tiene reparos en señalar el egoísmo de los vecinos –“que se acercan para que les soluciones sus problemas, y una vez lo consigues, te dicen adiós”– o en declararse “enemigo” del asambleísmo tan en boga. No se pierde un debate o entrevista al político de turno, pese a criticar el “afán de protagonismo” y la espectacularización en que se ha caído. Tiene además reproches para todos a derecha e izquierda, y teme que la coalición Unidos Podemos acabe “absorbiendo” al que ha sido su partido de siempre. Sobre la alcaldesa Carmena, dice: “Es una mujer honesta, a la que al principio le ha venido algo grande el cargo. Se tenía que haber rodeado de gente más experta”.


Como vecino de siempre, conoce Tetuán de memoria –se enfada y suelta un taco si no le sale el nombre de alguna calle–, y fue de los primeros en denunciar el diferente trato a las “dos orillas” del distrito; conoció a todos sus concejales desde la Transición −asegura haberse llevado bien con todos, y todos con él–, ha sido pregonero de las Fiestas, y si tiene que señalar de qué se siente más satisfecho, recuerda dos movilizaciones: una, junto a los vecinos de Chamberí, para recuperar el Palacio de Maudes, y otra, para que reabrieran la Casa de Baños. 


En la estancia conviven fotos familiares con retratos de Marx, Lenin o del Quijote, en otra estupenda pintura filial. En un pequeño atril descansa uno de los seis tomos de los Episodios Nacionales, en papel biblia y letra diminuta. “No me cunden”, dice, como si necesitase disculparse. “Mi ánimo no ha mermado, aunque mi salud se ha resquebrajado”, explica, y se vuelve a quejar, esta vez porque el potasio alto le ha dejado sin plátanos.


Sentado en la vaguada de Valdeacederas, Fernando García sigue hoy en pie, como en aquella fotografía de Hugo Atman en la que aparece, erguido, durante el “Rodea el Congreso”. “No tengo vicios”, suelta, y al periodista le tienta terminarle la frase –“salvo luchar”– a este tetuanero, de sangre jacobina y, en el machadiano sentido del término, bueno.

 

David Álvarez de la Morena

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Fernando durante una charla en la sede de la Asociación.
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