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Entrevistas
5-11-2018
“No hay que olvidar, pero la vida no se puede construir sobre la memoria ni sobre la revancha”
Jorge Urrutia, hijo del poeta Leopoldo de Luis
“No hay que olvidar, pero la vida no se puede construir sobre la memoria ni sobre la revancha”

Poeta, catedrático y hombre de una vasta cultura, el hijo de Leopoldo de Luis nos recibe en su casa del barrio de Gaztambide para hablarnos de su padre. Se cumple el centenario del nacimiento del que fuera vecino de Tetuán, Premio Nacional de las Letras en 2003, combatiente republicano y amigo de poetas y escritores de todo el espectro ideológico. En el año 2009 el distrito le dedicó una plaza cerca del lugar donde residió durante seis décadas, y este mes se entregarán los galardones de la X edición de los premios que llevan su nombre.

 

Hace unas semanas finalizó una exposición sobre su padre en el Instituto Cervantes. ¿Está sirviendo el centenario para recuperar su poesía?
Los autores tienen que defenderse por sí solos, pero en una sociedad tan mediática, aprovechar el centenario para que la gente mire a un sitio es importante. Por eso me ha parecido útil, porque ha hecho emerger de nuevo su obra.

 

¿Por qué su poesía no ha sido hasta ahora muy reconocida?
Cada escritor tiene su época, pero Leopoldo de Luis publica en todas las revistas de poesía de España tras la Guerra Civil, era un crítico conocido, fue candidato al Premio Nacional de Literatura en 1957 y lo vetó el ministro, pero luego lo obtuvo; y el Premio Nacional de las Letras y la Medalla del Círculo de Bellas Artes, el Premio León Felipe, es Hijo Predilecto de Andalucía… otra cosa es la popularidad, que no tiene por qué estar ligada con la literatura. Tampoco quiero olvidar que hace unos años se le dedicó una plaza en Tetuán, se le hizo un monumento y se puso una placa en la casa donde vivió, todo ello a petición de los vecinos, no fue una idea que viniera de arriba.

 

Siempre estuvo en contacto con la literatura, y los escritores de su época…
Tuvo ese interés porque su padre había leído mucho y tenía la costumbre de leerle a él y a su hermana cosas muy diversas. Por otra parte, el mundo intelectual de esa época era reducido. Cuando se traslada a Madrid a terminar el Bachillerato conoce a Lorca, Alberti o Juan Ramón Jiménez. Es además amigo de Gabriel Celaya, José Luis Gallego o Miguel Hernández.

 

Todo ese ambiente lo trunca la guerra.
Él entró en un grupo de maestros que sacaba a niños de Madrid para llevarlos a las playas de Levante. Cuando regresa entra en el Batallón Pasionaria del Quinto Regimiento. Coge el fusil por primera vez en el frente. Su bautizo de fuego es en Robledo de Chavela, y escribe que las balas le parecían pájaros. Luego en la defensa de Madrid está en Usera, donde es herido.

 

¿Por qué cree que se hace voluntario?
En la guerra están los que ingresan como voluntarios, arrastrados por el entusiasmo, y los que son reclutados, piensen lo que piensen. Él había estado detenido por interponerse ante un grupo que quería quemar una iglesia, le detuvieron por perturbar el orden público. Cuando empieza la guerra no es comunista, es un hombre que intenta defender un sentido de la Justicia, y está convencido de la defensa de la república.

 

¿Cómo fue su regreso a la vida en Tetuán como vencido?
Al barrio llegó antes de la guerra, cuando mi abuelo, un socialista utópico y un desastre para los negocios, se arruina y entra como inspector de Trabajo en Toledo. Buscaron en Madrid y se instalaron en Jerónima Llorente. Tras la guerra regresan y vuelven a alquilar el piso, y mi tía se casa y alquila otro en el mismo edificio. Cuando a mi tío lo meten en la cárcel ella se sube con mis abuelos y mi padre se casa y realquila la casa de mi tía. Allí vivimos hasta el año 59, que nos trasladamos a Rodón, 12, una calle absorbida cuando ampliaron Pamplona.

 

La economía familiar dependía entonces de un trabajo más prosaico.
Mi padre trabajaba en una compañía de seguros. Ése era el sueldo familiar, y el presupuesto se equilibraba no con las colaboraciones, que no se pagaban, sino con los concursos de poesía.

 

“La belleza fue nuestra venganza”, dice usted en un artículo sobre aquella época.
Mi padre nos enseñó qué se podía decir y qué no, pero también a no buscar venganza. Eso es importante, pero no es algo mío. Lo he hablado con gente de aquella época y todos tuvieron esa enseñanza, por eso los temas de memoria histórica no nos gustan. No hay que olvidar, pero la vida no se puede construir sobre la memoria. Como el personaje de Borges, Funes el Memorioso, aquel individuo que no olvidaba nada. Eso es una tragedia. Tampoco sobre el ánimo de revancha o el resquemor.

 

¿Qué valores humanos tenía Leopoldo de Luis?
Mi padre fue una persona afable, algo tímido, pero muy educado. Nunca decía una mala palabra. Era una persona grata, como lo presenta Aleixandre en un libro. Era discreto y muy querido, y no fue nunca rencoroso. Fue amigo de Aleixandre, muy de izquierdas, pero también de Gerardo Diego; de Buero Vallejo y de García Nieto, y muy amigo de Cela, que fue fundamental para el contacto con el exilio. Era una persona absolutamente respetuosa y capaz de hablar con todos. La mayor lección que aprendí de mi padre es a guardar absoluto respeto a lo que piensan los demás.

 

A los 86 años recibió el Premio Nacional de las Letras, ¿cómo se lo tomó?
No se lo esperaba. Estimaba que era ya muy mayor. Decía: sólo soy un poeta que ha resistido el tiempo. Entendía que no había que dar importancia a estas cosas, que lo bueno o lo mal poeta que fuera no iba a cambiar.

 

Antes de fallecer conoció que Francisco Umbral era su hermano. ¿Qué relación tuvo con él?
Mi padre tenía mucha amistad con Umbral, que lo citaba con cierta frecuencia, pero él no se da cuenta de quién es hasta que se publica su biografía. Umbral sí lo sabía. Tras morir mi madre, él pasaba unos días en mi casa. Yo había comprado el libro, y empezó a leerlo. Un día viene completamente pálido: “¿Tú sabes que el abuelo tuvo un hijo?”, me dice. “Pues me he dado cuenta de que ese niño es Umbral”. Lo descubrió al ver el nombre de la madre, que él conocía porque había sido secretaria de mi abuelo. Incluso había jugado con aquel niño de pequeño. Se quedó muy afectado, pero no quiso decírselo, porque entendía que Paco lo sabía y nunca se lo había planteado, y tenía que respetar su decisión.

 

David Álvarez

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